tortugas

43.

Odio usar ese número para referirme a mis compañeros, los 43 normalistas, porque siento que cada vez que usamos esos números les quitamos (más) vida. No, “los 43” no son sólo una cifra en otra atrocidad cometida en México. Cada vez que pienso en las madres, los padres, los amigos y amigas, los familiares que perdieron a un ser querido se me desgarra el corazón, porque yo tengo muchos seres queridos a quienes afortunadamente no les ha pasado lo que sucedió aquella terrible noche en Ayotzinapa, pero sólo puedo imaginarme el dolor, la tristeza, el enojo y la angustia que han de sentir. Digo afortunadamente porque así parece que se deciden las cosas en mi país, por mera fortuna: tú te salvas y tú no, tú vas a la escuela y tú te pones a trabajar, tú tienes casa y tú no… ¡Dios mío, pude haber sido yo!

Y no, tampoco es solamente Ayotzinapa, es Atenco, es Tlatelolco, es Acteal, es Nochixtlán, son todas esas faltas grandes y pequeñas que atentan contra nuestros derechos todos los días. “Quisieron enterrarnos, pero no sabían que éramos semillas”. Así es como parecen ir las 43 tortugas* en su travesía, sembrando flores. Espero, compañeros, que esa travesía los lleve de regreso a casa.

Ni perdón, ni olvido.

 

*Ayotzinapa significa “lugar de tortugas” en lengua Náhuatl.

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Quiero un mundo en donde quepan todas las familias, donde quepan todos los mundos. ¿Por qué insistimos en dividirnos, en clasificar el amor, en arrebatarnos y negarnos nuestros derechos? Mejor, hay que exigirlos. Y cambiemos el término “tolerancia” por aceptación.

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Hoy quiero compartir con ustedes el boceto del mural que hice para mi Universidad acerca de la experiencia de Inserción (inspirado, por supuesto, el el arte de Beatriz Aurora), en la que los estudiantes viajan a diferentes zonas del país con comunidades que requieran nuestra participación y asistencia como parte de nuestro Servicio Social. Algunos de ustedes sabrán que yo estuve viviendo en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, y si pudiera resumir mi experiencia en un verbo sería el de compartir. Yo no fui a “ayudar” a nadie, pero sí puedo decir que fui con el corazón abierto y que conocí personas maravillosas con las que pude compartir diversas experiencias y proyectos, que me hicieron sentir “parte de” y con las que pude construir en conjunto. Si me lo preguntan, creo que de eso se trata la experiencia de inserción, de ir y conocer otras realidades y construir puentes que vayan en ambos sentidos, para poder compartir experiencias, conocimientos, y sobre todo, compartir el corazón.

En mi estancia allá pude ver y vivir una cultura completamente diferente y enriquecedora, es completamente maravilloso ver un México vivo, un México que lucha de pie y no se cansa, un México que construye, que sueña, que crea. Aprendí un sinfín de cosas y mi corazón se llenó por completo de ese México que antes creía utópico.

Estoy eternamente agradecida con las personas que me permitieron compartir tanto y que ayudaron a que mi corazón se empapara de ese lugar que me hace creer en un mundo donde quepan todos los mundos. Tengan por seguro que llevo siempre en el corazón todo lo que viví y lo que compartieron conmigo, y que espero poder transmitirlo en todo lo que construya a partir de ahora. Kolabal.

Cris Sánchez
10/09/16

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